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La Gran Obra
Aun cuando estemos aprendiendo a aceptar el principio de la Ley Divina, podríamos muy bien hacernos las siguientes preguntas: ¿Por qué Dios le dio a los seres humanos el poder del libre albedrío? ¿No habría sido más fácil hacer a los hombres y mujeres de un modo tal que simplemente siguieran sus instintos como lo hace el resto de los animales? La respuesta es simple: sólo con ese libre albedrío podemos alcanzar el estado de Divinidad que nuestro Creador planeó para nosotros de modo de llegar a ser “como uno de los dioses.” El proceso y el esfuerzo que se requiere para alcanzar este logro espiritual se llama, con toda propiedad, la Gran Obra. Las antiguas Escuelas de Misterios enseñaron que el logro de la Gran Obra es la razón principal de nuestra permanencia en la tierra. Al igual que el Nazareno, ellos decían que ésta es la única vía para el cumplimiento de todos los deseos, ambiciones y amores de la vida terrenal y el único camino hacia una existencia inmortal, productiva y creativa, una vez que se ha completado la vida terrenal. La Historia de la Creación Para obtener una comprensión sólida del concepto de la Gran Obra necesitamos regresar en la historia varios cientos de miles de años, hasta el tiempo en que los seres humanos, tal como los conocemos hoy en día, no existían. En esa época toda la creación funcionaba en completa armonía con la Ley Divina, instituida por nuestro Creador. Sin embargo, llegó el momento en que uno de los seres celestiales de Dios, que nosotros llamamos almas, sintió el deseo de venir a la Tierra y pasar por la experiencia de la vida en este plano de existencia. En la tierra, la criatura que ahora llamamos homo sapiens había evolucionado a un punto tal que algunos de los seres celestiales (almas) en el mundo de las almas pudieron descender a la Tierra y ocupar los cuerpos de esos incipientes seres humanos. Esta fascinante y enigmática situación llevó a lo que la Biblia llama el “Jardín del Edén.” Los “Custodios de los Misterios” nos han enseñado que la combinación de esta entidad celestial (el alma) con el cuerpo humano funcionó muy bien durante un tiempo, pero eventualmente la parte divina de este ser dual le permitió a la parte mortal que la corrompiera. Una vez que esta entidad dual, de alma y cuerpo humano, intentó evadir las Leyes de Dios usando su libre albedrío, la parte celestial o divina quedó atrapada en el cuerpo físico de este animal de dos piernas y así se formó un nuevo ser: Una mezcla de animal y de ángel que ahora llamamos ser humano. De ese modo los humanos somos seres duales paradójicos, con una parte mortal y una inmortal. Es un ser que es menos que un ángel, pero dado que tiene la oportunidad de aprender de sus transgresiones, es un ser que tiene la capacidad de llegar a ser más grande que un ángel —uno de los Colaboradores Celestiales de Dios. Sólo a través del esfuerzo personal para superar las pasiones de carácter animal de nuestra naturaleza, resucitando de ese modo la parte celestial de esta entidad dual, podremos recuperar nuestro estado perdido. El alma, aquella parte de los hombres y mujeres que una vez fue angelical, debe aprender a encontrar la sabiduría a través de la superación de las mismas dificultades que la separaron de su inocencia original. Este esfuerzo nos permitirá conseguir la divinidad, a través del “conocimiento” tanto del bien como del mal y mediante la aplicación de nuestro libre albedrío, para escoger el bien por sobre el mal. Este es el gran Drama de las Épocas; a la fecha este es el experimento más importante de Dios. Siempre se le ha conocido como La Gran Obra, y eso es lo que es en realidad. Una vez que el ángel-humano intentó evadir la Ley Divina, la creación de Dios en la Tierra comenzó una etapa totalmente diferente. En este mundo perfecto, aunque quizás un poco aburrido, se introdujo el Drama, un drama maravilloso. El famoso Iniciado británico Lord Bulwer-Lytton escribió una novela titulada What Will He Do With It? (¿Qué haría él con eso?) Esta afirmación describe perfectamente la naturaleza subyacente de lo que los Maestros Iniciados llaman El Drama de las Épocas. Antes de la “caída del hombre” (que como decíamos es el triunfo de nuestra parte animal que obtuvo el control sobre nuestra parte celestial o divina) el mundo en realidad no tenía un drama. Es decir, no había suspenso, indecisión ni conjeturas, en resumen no era divertido. Sin embargo con esta “caída” se introdujeron a la Creación todas estas fascinantes oportunidades y muchas más. Por primera vez desde la “gran explosión” producida por Dios (la formación de la materia organizada a partir del Caos), ni siquiera Dios podía predecir lo que sucedería en este mundo llamado Tierra. Por esta razón Sidney Beard describió la Gran Obra como una aventura y también como un romance: “Los Trabajadores y los Maestros de las esferas más elevadas se preocupan de entregar toda la ayuda necesaria y de dar toda la instrucción que se requiera, pidiendo a cambio sólo una cooperación fiel y constante. De ese modo el peregrinaje terrenal se transforma en un romance, lleno de eventos insospechados que son traídos hacia nosotros de forma intencional, con el propósito de facilitar el progreso del aspirante al Conocimiento Real y de encauzarlo hasta que alcance el desarrollo suficiente para prestar el elevado servicio en el Reino de Dios que se le hace posible a aquellos que son espiritual y mentalmente calificados”. (Extracto del libro Our Real Relationship to God (Nuestra Verdadera Relación con Dios) escrito por Sidney Beard, un gran Iniciado británico.
Los Preceptos Bíblicos de la Gran Obra Las Escrituras describen a los primeros seres que descendieron desde el mundo celestial para ocupar los cuerpos de los recientemente formados Homo sapiens de la siguiente manera: "que viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para si mujeres, escogiendo entre todas". -Génesis 6:2. Usando un lenguaje menos poético, lo que ocurrió fue que se les permitió a las almas celestiales dejar su lugar en los cielos y entrar a los cuerpos de los humanos, tanto de hombres como de mujeres (tomaron como esposas a las hijas de los hombres). Este hecho llevó a la formación de lo que la Biblia llama el “Jardín del Edén”, un período en la historia humana que se describe en forma cabal en las Escrituras: "Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre". (Génesis 6:4). Desafortunadamente esta época idílica, de los “hombres y mujeres de renombre” no duró mucho. Si vamos al versículo que sigue al anterior, descubrimos que no todo estaba bien en el paraíso: "Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal". (Génesis 6:5). Nuestra parte celestial, nuestra alma, era la quintaesencia de la inocencia antes de sus escapadas a la Tierra. Como tal no era sino un servidor de Dios y de los Colaboradores de Dios. Sin embargo, tras el intento de nuestra alma de desafiar y burlar la Ley Divina (nuestra “caída”) se le dio una nueva oportunidad, tal como lo indica el siguiente versículo del Génesis: "Y dijo el Señor Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal: [ha descubierto la maldad en su intento por burlar la Ley Divina] ahora, pues, que no [a menos que] alargue su mano, y tome también del árbol de la vida [complete la Gran Obra], y coma [siga la Ley Divina], y [entonces podrá] viva para siempre: [habiéndo hecho de sí un dios inmortal]”. (Génesis 3:22). Una de las frases más enigmáticas de la Biblia es la primera línea de este versículo que dice: “He aquí el hombre es [llega a ser] como uno de nosotros.” Al buscador astuto no le debería tomar más que unos momentos de observación para ver los fascinantes conceptos inherentes a este versículo. Es obvio que Dios les está hablando a otros quienes como Dios son como él en el sentido que ellos también entienden la naturaleza del bien y del mal (lo que está en armonía con la Ley Divina y lo que no lo está). En este versículo Dios le manifiesta claramente a estos otros Colaboradores Celestiales (dioses), que la “caída” humana no era tan mala después de todo, porque nuestra “caída” también nos dio la oportunidad y la capacidad de encontrar nuestro camino de vuelta hacia Dios y a llegar a ser como los “dioses”, uno de los colaboradores de Dios. Esto es verdad, siempre y cuando sigamos la Ley Divina y hagamos el esfuerzo de completar la Gran Obra.
¿Cómo se logra la Gran Obra? Ahora que ya tiene una idea de lo que significa la Gran Obra, podemos dedicarnos a la forma en que se debe proceder. Nuestro ser dual tan particular (mitad ángel y mitad mortal) debe regresar a la “escena del crimen” (volver a la Tierra) una y otra vez hasta que ocurra una de dos cosas: 1.- La parte celestial sea capaz de transformar al ser mortal de tal manera que pueda reestablecer el contacto que tenía con el Creador antes de la caída. Una vez que el Alma haya alcanzado este estado de Iluminación, tiene la opción de tomar su lugar en el mundo celestial en lo alto o regresar a la Tierra a ayudar a los demás. O bien: 2.- La parte animal tenga éxito en destruir completamente la parte celestial. En este caso el cuerpo puede sobrevivir, pero sin la parte angelical se pierde toda posibilidad de inmortalización, y cuando se muere el cuerpo sólo sigue el olvido. La Gran Obra está formada por varias partes. Una de las más importantes es la buena disposición y el esfuerzo exitoso para pagar todas las deudas pasadas. Siempre que se da un intento de trasgresión a la Ley Divina, se incurre en una deuda. La mayoría de nosotros tiene un gran depósito de estas deudas pasadas, no sólo de esta vida, sino también de nuestras diversas encarnaciones, desde la época en que fuimos seres duales, eones atrás. Todas estas deudas se deben pagar en el plano de su creación: “Dad pues al Cesar lo que es de Cesar y a Dios lo que es de Dios”. (Mateo 22:21). Cada área de actividad tiene su propia campo; las deudas creadas en el cielo se deben ser pagar en el cielo y aquellas creadas en el plano físico deben ser pagadas en este plano. Los Maestros Iniciados (individuos que han completado la Gran Obra en todos sus detalles) nos aseguran que hay dos alternativas para pagar estas deudas: 1.- Sufriendo la reacción de la Ley Divina. 2.- Neutralizándolas por medio de nuestras buenas obras en la misma encarnación o en vidas futuras. Por ejemplo, un individuo puede matar a muchos de sus congéneres en una vida y, para neutralizar la reacción adversa de la Ley Divina, deberá salvar las vidas de muchos más en una siguiente encarnación. Aun cuando nadie puede completar la Gran Obra o abandonar este “círculo de vidas” hasta que haya pagado o compensado todas las deudas pasadas que ha creado aquí en la Tierra, ésta es sólo la parte física o primera parte de la Gran Obra. Todavía falta la parte espiritual que consiste en el esfuerzo por alcanzar la Iluminación del Alma y comienza con el proceso de transmutación. |



